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JUVENTUD Y METAMOFÓSIS ESTRUCTURAL

Metamorfosis Estructural

Actualmente estamos experimentando una serie de cambios, vivimos en una época en que las tendencias varían rápidamente, la globalización es una realidad ineludible y con ella se observan transformaciones a todos los niveles. Lo interesante de este conjunto de fenómenos y cambios acelerados es que impacta en mayor medida a la juventud.

Es menester hacer mención que una de las características más predominantes es el creciente número de bienes materiales y servicios que se comercializan, lo que está concatenado con una corriente publicitaria voraz que influye en el comportamiento de las personas, determinando de este modo el rumbo que tomarán ciertos grupos sociales, es por ello que quiero referirme a algunos componentes como publicidad, comercio, sociedad, juventud y artimañas.

Durante mucho tiempo se ha dado por un hecho que el núcleo base para la sociedad es la familia, la cual es el círculo social mínimo que llega a formar a nivel macro una estructura social amplia partiendo de las relaciones íntimas de parentesco. Esto me lleva a plantear que la familia es el respaldo moral y educacional que tenemos los individuos, lo que brinda seguridad en las relaciones interpersonales que posteriormente puedan desenvolverse en la vida cotidiana una vez que sea necesario compartir con personas pertenecientes a otros segmentos sociales, escuela, comunidad etc.

A medida que crece el comercio se da la relación directamente proporcional con la publicidad, lo que verdaderamente me llama la atención es como a medida que crece estos dos elementos, decrece la mística existente en los núcleos sociales primarios, la familia, tanto así la comunicación entre sus miembros, lo que facilita una transformación en la estructura social, mediante planteamientos superfluos dirigido a lo que se identifica como el grupo más vulnerable, los jóvenes.
En este componente hago un alto para mencionar que además de estar transformando la familia, se está socavando con gran éxito para nuestra desgracia las características propias de nuestra tradiciones, lo que provoca una falta de identidad cultural, lo que desde mi punto de vista ha fungido en general (la identidad cultural) como elemento cohesionante de los núcleos de los que he hablado, lo que muy probablemente incentive un cese de cohesión en estos mismos, y dando por realidad irrefutable que para las futuras generaciones la identidad cultural no será más que una clase de historia escolar en el mejor de los casos.

A medida que se da la ruptura de las relaciones familiares, las personas sentimos la necesidad instintiva de solventar el vacío existente al sentido de pertenencia, lo que simbólicamente lo podemos asociar al apellido, el cual nos identifica como pertenecientes a un núcleo familiar, lo que conlleva en estado de inconciencia a una tendencia de seguridad personal, pero ¿que pasa cuando este núcleo ya no se encuentra integrado o consolidado?, esto implica la no continuidad de una tendencia educativa de generación en generación, la enseñanza de valores etc, entonces se da la oportunidad perfecta para la entrada del mercado en cuanto este ofrece bienes que mediante la publicidad se entienden como provocadores de la satisfacción.

Este tipo de situaciones ubica la propiedad material como una máxima a la que toda persona debe aspirar más allá de sus necesidades o su comodidad, lo ostentoso es lo necesario, lo que precisamente me hace pensar que la idea mediata es la de aumentar el poder adquisitivo, ya que este es el medio por excelencia para alcanzar la ostentosidad y suplir el vacío emocional, espiritual, el elemento abstracto que fue absorbido por el medio.

Son comportamientos empíricamente identificables, así por ejemplo, cuando alguien se refiere a uno de estos importantísimos núcleos a los que me refiero, generalmente se dice: ¨esa persona es de muy buena familia…¨ y esto puede ser referido al poder adquisitivo que la familia manifiesta, y no precisamente a los valores, y a lo éticos que puedan ser sus miembros, dando entonces valor a las personas en un sentido pecuniario, lo que desde mi punto de vista es absurdo.

Ahora bien, lo peligroso de las artimañas del mercado es que fomentan un desorden estructural, cambiando así forma de percepción de las personas, influyendo cada vez más en la juventud, lo que es especialmente riesgoso por tratarse del segmento probablemente más vulnerable, pues somos las personas que contamos ya con un comportamiento relativamente conciente, más que el segmento niñez y con perspectiva a ser tomadores de decisiones en cuanto a la adquisición de bienes y servicios por la natural tendencia a la irresponsabilidad, y por carecer de la seguridad proveniente de una familia, contrario sensu la población de mayor edad, que proviene de un esquema un tanto más tradicionalista con expectativas y parámetros distintos, los cuales lamentablemente y con incidencia de los capitales globalizados, no han podido transmitir a estas nuevas generaciones.

Al plantear en estas líneas mis ideas, no pretendo promover un comportamiento esquemático arcaico, sino hacer algo de conciencia de lo que, desde mi perspectiva es una metamorfosis estructural de la sociedad, asociando ésta a la debilitación de los núcleos base y en la que converge elementos varios, con un común denominador, el dinero como suplente de fe, materializando así elementos abstractos que no deberían ser bajo ninguna circunstancia materia de comercio dentro de la globalización, entendida esta no solo como los capitales transnacionalizados expresados materialmente en bienes y servicios, sino como una corriente voraz transformadora de la conducta humana, globalizando también actitudes, sentimientos y nuevas necesidades.

Obviamente no es posible abordar a profundidad las causas y consecuencias, así como los elementos inherentes descriptivos de una metamorfosis en la estructura de nuestra sociedad en la era de la información en este pequeño escrito, pero es imperante la necesidad que en medio del bullicio, de las obligaciones, y las ocupaciones propias de estos tiempos, nos sentemos un momento y reflexionemos acerca de nuestro entorno, lo que hacemos, y lo que queremos para nuestros hijos, dejando lo material en un segundo plano, priorizando los sentimientos y los valores que deberían caracterizarnos y determinar nuestra conducta.

 

Jorge Eduardo Rooseess Díaz.
Diplomado en Política y Ciudadanía
Estudiante de Derecho Económico
Coordinador de Juventud Red Nacional de Defensa de los Consumidores


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